¿Quién copió a quién? Evolución y murciélagos | Tres Pies al Gato

Imaginad que sois profesores de colegio y dos de vuestros alumnos os presentan el mismo trabajo. Bueno, no el mismo, pero sospechosamente parecido. La misma estructura, los mismos ejemplos… ¿Han copiado? Lo normal es que pienses que sí, pero cuando hablamos de evolución ¿quién copia a quién?

Me explico. Tu ojo y el de una sepia se parecen más o menos. Una cavidad esférica en la que entra la luz por un orificio que puede cambiar de tamaño. Unas células que recogen esa luz y la envían al cerebro para formar con ella una imagen. Podríamos decir que es un “trabajo escolar” bastante parecido, tal vez lo desarrolló un ancestro común y luego han seguido una evolución diferente ¿no?

Pues no, tu ojo y el de un cefalópodo como al sepia no tienen nada que ver a nivel evolutivo, vuestro ancestro común, allá por el proterozoico, no tenía ojos. Es como si esos dos alumnos con trabajos sospechosamente parecidos los hubieran hecho de verdad. Cada uno en su casa, sin saber del trabajo del otro. Y quien dice con los ojos dice con las alas, y otro montón de estructuras anatómicas o incluso bioquímicas. Pero ¿cómo es esto posible?

La respuesta es “evolución convergente“. La evolución es un proceso sin dirección, un mecanismo que se ve condicionado y dirigido por el medio, por los factores externos y las necesidades. Así que, si las necesidades son las mismas, y el ambiente es parecido, puede que dos organismos desarrollen la misma solución para un mismo problema, alas articuladas, cámaras oscuras, enzimas para la digestión.

Aunque ¿y si la potencialidad para desarrollar esos ojos ya estaba en el ADN de nuestros antepasados? ¿Y si fue antes el gen que el órgano?

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