¿Por qué tememos a la oscuridad?

La oscuridad, nos aterra desde pequeños. En ella parece esconderse una amenaza constante. Nos impide saber si el peligro está lejos, o tan cerca que no exista la posibilidad de ofrecer resistencia. Y es que en la oscuridad más absoluta todos somos ciegos, esa es nuestra cruz como animales diurnos. Nuestros ojos están adaptados al día. La noche, para nosotros trae consigo la indefensión, los depredadores y una fuente inagotable de estímulos para nuestra imaginación.

O al menos lo hacía hasta que descubrimos el fuego. Con él pudimos calmar a nuestra imaginación durante las noches más oscuras. Alumbrando con una pequeña fogata el campamento podíamos mantenernos alerta. Asegurarnos de que ese extraño ruido no era un peligro, aprender que era solamente el sonido de la noche.

Sin embargo, la nictofobia permaneció en nuestras sociedades. Ha estimulado el arte, haciendo de musa de genios como Lovecraft, Poe o Bécquer. El miedo a la oscuridad está tan arraigado en nuestra cultura que es consustancial al propio género humano. Incluso nuestros lenguajes son un reflejo de ello. La luz y la oscuridad, figuras básicas sobre las que construir mitologías y religiones.

Tan humana como el arte

La fuerza evocadora de la oscuridad es inigualable. Nuestro cerebro necesita encontrar patrones, ver figuras que le permitan anticipar el peligro. A veces esto produce que veamos cosas donde no las hay, la pareidolia. En ocasiones son rostros agradables, como una cara de sorpresa en una tapa de alcantarilla. Pero en otras nos pone el corazón en la boca mostrándonos a una personas sentadas en nuestra silla. Una silla donde en realidad solo hay ropa. Y la visión no es la única, todos nuestros sentidos se ponen alerta en la oscuridad. Todo se amplifica y nuestro cerebro tal vez nos sugiera que, ese viento que se filtra por el marco de la ventana, es en realidad el susurro de un furtivo invitado.

En cualquier caso, esta noche, cuando estés a oscuras tumbado en tu cama y te asalte la angustia, recuerda que todo está bien. Que simplemente somos los descendientes de un mono que aprendió a tener miedo de lo que no podía controlar y que gracias a ello estamos hoy aquí.

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