Paul Erdős: La búsqueda de la belleza | A Ciencia Cierta

Era marzo en la Hungría de 1913, y el futuro se presentaba oscuro. Miklós Horthy no tardaría en tomar el control e imponer sus medidas totalitarias. El antisemitismo se extendería por el país como una mancha de aceite, cubriéndolo todo a su paso. No venían buenos tiempos, sobre todo para una familia judía como la de los Erdős cuando nació Paul.

Paul Erdős se crió bajo la sombra de sus dos difuntas hermanas, fallecidas poco antes de su nacimiento. La marca de esta tragedia empujó a la madre de Paul a protegerle tanto como estuviera en sus manos, aislándole de todo peligro (y en cierto modo disfrute) del mundo. Mientras tanto, y por si todo esto resultara poco, su padre era prisionero del gobierno ruso en la inhóspita Siberia.

Este fue el entorno donde germinó una de las mentes más preclaras del mundo de las matemáticas. Paul Erdős no destaca por haberse interesado por profundizar en al estructura de las matemáticas ni por tener un conocimiento enciclopédico fuera de toda escala. Lo que él hacía mejor que nadie era asociar ideas. Juntar conceptos sencillos para, con una «idea feliz» resolver los endiablados problemas matemáticos contra los que tantos otros habían fracasado. Sin embargo, esto no es todo.

Fotografía de Paul Erdős como portada del episodio de A Ciencia Cierta Paul Erdős: La búsqueda de la belleza
Fotografía de Paul Erdős.

Antes de que todo esto se cumpliera, Erdős ya era un alumno brillante. Consiguió acceder a la licenciatura de matemáticas gracias a un concurso, pudiendo sortear todas las trabas impuestas a los judíos y no solo eso, porque durante los cuatro mismos años que tardó en licenciarse, aprovechó para hacer su doctorado. A los 21 años estaba listo para abandonar su patria buscando ya no un futuro mejor, sino sobrevivir. Dejar atrás a su madre le encerró más si cabe en el mundo de las matemáticas, dedicándole cada segundo de su vigilia a resolver problemas, pero no de cualquier modo, sino de una forma que él considerara bella. Erdős hablaba de un libro ficticio: El Libro. En él se encontraban recopiladas las mejores demostraciones matemáticas, las más elegantes y contundentes de todas.

Sin embargo, su capacidad de asociación transgredía las fronteras del mundo matemático más puro y se infiltraba en lo humano. Muchos de sus colaboradores resaltan la habilidad que tenía Erdős para asociar personas con problemas matemáticos, proponiendo a cada quién aquel que más se ajustaría a su forma de pensar y trabajar. De este modo, Erdős se convirtió en el segundo matemático más prolífico (tras Euler en cuanto a volumen de publicaciones) consiguiendo cerca de 1500 artículos con más de 400 colaboradores.

Erdős no se casó nunca, de hecho no se le conoce pareja y según decía el placer sexual le resultaba desagradable. Su vida fue inestable, siempre con una maleta en la mano, viajando de casa en casa y cambiando publicaciones por alojamiento. Era incapaz de cuidarse por sí mismo y algunos expertos apuntan a que podría tener un trastorno del espectro autista. No obstante, cada céntimo que ganaba se lo donaba a otros, nada quería para sí mismo. Con ellos trató de compensar los gastos causados a sus hospedadores, los donaba a causas benéficas e incluso creó premios para quien resolviera algunos problemas, incentivando así a que la gente se acercara al mundo de las matemáticas.

Erdős murió como le habría gustado, a sus 83 asistiendo a un congreso de matemáticas en Centroeuropa, cerca de su tierra a la que durante tanto tiempo no pudo volver. Tal vez no fuera el mayor matemático de todos los tiempos, pero amó a los números como poca gente lo ha hecho. Y lo que es más importante, consiguió que le recordaran no solo como un genio, sino como un hombre afable y justo. Un ser humano con valores.

Un programa de Antonio Rivera (@meteolp)

Contertulios:

  • Francis Villatoro
  • Víctor Marco
  • David Ibañez
  • Ignacio Crespo

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