Juramento hipocrático y demás postureo

La humanidad necesita héroes. Entendemos el mundo que nos rodea a través de una estructura narrativa. Sentimos la necesidad de crear protagonistas y darles una historia. Y por supuesto, estos personajes rara vez son gente normal. Hablamos de grandes hombres y de monstruos, de genios y de imbéciles. Hablamos de polarizaciones perfectas para hacer más clara nuestra historia; pero ridículas cuando echamos un vistazo al mundo real.

La historia tiene más tonos de gris de lo que nos gusta reconocer. Personajes como Darwin o Newton eran seres humanos. Eran complejos y llenos de incoherencias que a veces obviamos. De ese modo es más fácil elevarlos en el divino pedestal que el cuerpo nos pide. Uno de estos seres mitológicos de la historia de la ciencia fue Hipócrates, para muchos el «padre de la medicina». Su figura y el juramento hipocrático son conceptos que todo estudiante de medicina conoce, o al menos cree conocer. Sin embargo, la realidad es bien distinta.

Hipócrates de Cos: La leyenda

Retrato anónimo de Hipócrates de Cos.
Retrato anónimo de Hipócrates de Cos.

Hipócrates fue un médico griego que vivió en torno al 400 antes de nuestra era. Ha sido sin duda una de las figuras más importantes en la historia de la medicina y fundó la escuela de Cos. Una escuela médica basada en aplicar cuidados generales a los pacientes. El fundamento de esta escuela era contrario al de la escuela de Cnido. Esta última estaba centrada en realizar diagnósticos muy exactos y específicos. Paradójicamente, la escuela de Cos fue mucho más reputada; a pesar de que a día de hoy la medicina sigue un estilo más similar al de la escuela de Cnido que al de Cos.

Extrañamente, parece superior una medicina que conozca exactamente qué está funcionando mal en tu cuerpo. Sin embargo, para que esto tenga alguna utilidad, necesitamos tener una tecnología y un conocimiento de la medicina que no existía en la antigua Grecia. Un conocimiento sin el cual el intento de hacer diagnósticos específicos era como dar palos de ciego. Como meterse cada vez más en un callejón sin salida. Mientras uno se adentraba en un laberinto de diagnósticos especulativos, el tiempo corría para el paciente. Era necesario dar remedio cuanto antes a su situación, aunque fuera matando moscas a cañonazos. Es por ello, entre otras cosas, que la escuela de Cos se impuso.

Son multitud los textos atribuidos a Hipócrates de Cos, escritos que componen el llamado «Corpus Hippocraticum«. Escritos que en mayor o menor medida permanecieron vigentes durante mucho tiempo. Grandes figuras de la medicina como Galeno, Averroes mantuvieron vivas las genialidades de la escuela de Cos. Sin embargo, en un mundo con un conocimiento médico tan primitivo, las genialidades venían indivisiblemente mezcladas con una buena cantidad de mitos y supersticiones. Datos revueltos que un historiador de la ciencia sabrá separar de la realidad con suma facilidad. Tanta facilidad como torpeza mostrará un estudiante cualquiera.

Hipócrates de Cos: El hombre

Nadie pone en duda que Hipócrates fuera un gran médico en su época, por supuesto. Pero de todos los elemetos de la medicina de los que se le considera popularmente responsable, son pocos los que realmente parecen corresponderle. La facies hipocrática, el banco hipocrático, la sonrisa hipocrática, la succión hipocrática… Muchos epónimos médicos parecen referirse a él. Pero aquí está la confusión: no todo lo hipocrático es producto de Hipócrates. En muchos casos se refiere a sus discípulos de la escuela de Cos, los hipocráticos.

Hipócrates no es la primera gran figura «cajón de sastre» en la que se compendia el trabajo de muchos otros. Sócrates, Lao Tse, Alcmerón, también cuentan con una buena base de mitos y atribuciones falsas. El problema es cuando el mito se vuelve la carta de presentación. Cuando la ficción se convierte en la bandera que se ondea ante la vista de todos.

El juramento hipocrático… ¿o no?

Juramento Hipocrático original en el Corpus Hippocraticum.
Juramento Hipocrático original en el Corpus Hippocraticum.

El juramento hipocrático es el mejor ejemplo. Ese texto que recitan por tradición todos los estudiantes de medicina durante el rito de paso entre la universidad y el mundo real. Una promesa de buena praxis que a todos nos suena aunque sea de oídas. Resulta que este juramento hipocrático no es de Hipócrates, pero es que tampoco es de los hipocráticos. Su origen parece apuntar a la secta de los Pitagóricos, siendo incluso anterior a la escuela de Cos.

El texto se encuentra en el ya nombrado Corpus Hippocraticum, que se calcula fue escrito por más de diecinueve autores. A pesar de ello, en el imaginario colectivo se encuentran muchas más confusiones sobre este texto que la de su autoría. Cuando dije que el juramento hipocrático era un rito de paso, no he querido minusvalorarlo. Sencillamente no es más que eso a día de hoy. Y me reafirmo, porque no tiene ningún tipo de implicación legal. Para eso se encuentran los códigos deontológicos. Compendios que recogen el «código de conducta» que ha de cumplir un buen profesional.

Otra medicina

Algunos puede que penséis que esto es lo de menos. Que lo importante es que los futuros profesionales de la salud se comprometan a seguir una serie de normas de conducta, a perseguir unos mismos valores. Y que en ese caso resulta secundario que lo hagan o no ante la ley, que la clave está en que ellos mismos tomen conciencia. Esto es muy bonito, sin embargo, el juramento hipocrático fue escrito en una época totalmente distinta. Una época donde la misma base metodológica de la medicina no guarda apenas relación con la que vivimos hoy en día. El juramento hipocrático original no solo está desfasado, sino que jurarlo se vuelve ridículo. La buena praxis médica requiere contravenirlo en algunos casos.

Uno de los juramentos del texto original consistía en «no administrar nunca abortivo a mujer alguna«. Algo que a día de hoy puede tener un valor terapéutico, así como unas implicaciones éticas y legales mucho más complejas. Implicaciones que vuelven absurdo forzar a los nuevos médicos a prometer tal cosa. Del mismo modo, se promete no «tallar cálculos«, esto es: no operar de cálculos nefríticos (piedras en el riñón). Siendo en realidad un tratamiento útil y pertinente ante algunos cuadros clínicos.

Otra sociedad

Pueden parecer dos anécdotas, pero no nos engañemos, el juramento hipocrático original tampoco se extiende mucho más. Sobre todo si omitimos pasajes como el inicial, en el que jura por «Apolo médico, por Asclepio, Higía y Panacea» (aunque algunas universidades lo hayan «cristianizado»). O el que le sigue, donde se jura venerar como a tu propio padre a aquel que te haya enseñado la medicina. Un sinsentido en una sociedad con una enseñanza universitaria como en la que vivimos.

Todo esto puede parecer un capricho sin importancia para muchos. A mi me resulta molesto imaginar a todo ese ejército de nuevos médicos recitando a coro una sarta de anacronismos como esta. «La tradición» diréis algunos, pues vuelvo a disentir. La tradición en cuestión se remonta apenas un par de siglos. No viene precisamente de los tiempos de Hipócrates.

Todo en su contexto

Representación de la teoría de los cuatro humores.
Representación de la teoría de los cuatro humores.

Quiero recordar que: con esto no pretendo mirar por encima del hombro a lo que en otra época fue la punta de lanza de la «ciencia», ni mucho menos. Juzgar la Grecia clásica a través del prisma de la actualidad es ridículo. Un evento pertenece a su época, y cuando este juramento fue escrito, la teoría de los humores estaba en plena efervescencia. Una teoría que persistiría durante siglos arraigando en lo más profundo de la medicina.

Esta teoría buscaba el origen de las enfermedades en un desequilibrio existente entre cuatro fluidos corporales. Sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema. Por supuesto, esta teoría es en nuestros tiempos demencial; pero la medicina de aquel entonces se basaba en hipótesis puramente teóricas, carentes de todo empirismo. Hablamos de un tiempo donde la medicina era, básicamente, filosofía. El juramento hipocrático original es un producto de esta visión de la medicina. Coherente con su época e históricamente relevante, pero poco más.

Ginebra y Lasagna

Sin embargo, cabe decir que existen versiones actualizadas del juramento hipocrático. Versiones donde estas locuras son suavizadas. Básicamente porque fueron escritas en épocas cuya medicina nos resultaría más familiar. Ejemplos son el juramento de Ginebra de 1948 o el de Louis Lasagna de 1964. Concretamente este último me gusta mucho, y siendo sincero, es el que más se recita en las graduaciones de medicina. Sin embargo, sigue incluyendo frases como «por encima de todo, no debo jugar a ser Dios» que nos hacen desconfiar sobre el verdadero significado de las mismas.

Dejando a un lado el laicismo que en un acto así debería haber ¿no es la medicina misma una forma de «jugar a ser Dios«? Una bomba de circulación extracorpórea, la fecundación in vitro, la producción de insulina transgénica, o un xenotrasplante con una válvula cardíaca de cerdo. ¿No son un alarde de control sobre los designios de lo «natural»? Arrancar a un niño de las manos de la muerte bordea tanto el concepto de Dios que en los orígenes un chamán se difuminaba entre lo divino y lo sanitario.

El código deontológico y los códigos de ética médica son largos y complejos. Llenos de grises y escritos desde un análisis profundo de nuestra realidad social. Sin embargo, parece que por algún motivo prima la emoción de hacer jurar a cientos de graduados un texto simplista e inexacto, más poético que otra cosa. Pudiendo, en su lugar, fomentar la lectura y el debate de textos actualizados. Documentos que realmente habrán de regular y apoyar su actividad profesional. Hipócrates fue un genio, pero no pertenece a nuestra medicina.

Juramento de Louise Lasagna:

Prometo cumplir, en la medida de mis capacidades y de mi juicio, este pacto.

Respetaré los logros científicos que con tanto esfuerzo han conseguido los médicos sobre cuyos pasos camino, y compartiré gustoso ese conocimiento con aquellos que vengan detrás.

Aplicaré todas las medidas necesarias para el beneficio del enfermo, buscando el equilibrio entre las trampas del sobretratamiento y del nihilismo terapéutico.

Recordaré que la medicina no sólo es ciencia, sino también arte, y que la calidez humana, la compasión y la comprensión pueden ser más valiosas que el bisturí del cirujano o el medicamento del químico.

No me avergonzaré de decir «no lo sé», ni dudaré en consultar a mis colegas de profesión cuando sean necesarias las habilidades de otro para la recuperación del paciente.

Respetaré la privacidad de mis pacientes, pues no me confían sus problemas para que yo los desvele. Debo tener especial cuidado en los asuntos sobre la vida y la muerte. Si tengo la oportunidad de salvar una vida, me sentiré agradecido. Pero es también posible que esté en mi mano el poder de tomar una vida; debo enfrentarme a esta enorme responsabilidad con gran humildad y conciencia de mi propia fragilidad. Por encima de todo, no debo jugar a ser Dios.

Recordaré que no trato una gráfica de fiebre o un crecimiento canceroso, sino a un ser humano enfermo cuya enfermedad puede afectar a su familia y a su estabilidad económica. Si voy a cuidar de manera adecuada a los enfermos, mi responsabilidad incluye estos problemas relacionados.

Intentaré prevenir la enfermedad siempre que pueda, pues la prevención es preferible a la curación.

Recordaré que soy un miembro de la sociedad con obligaciones especiales hacia mis congéneres, los sanos de cuerpo y mente así como los enfermos.

Si no violo este juramento, pueda yo disfrutar de la vida y del arte, ser respetado mientras viva y recordado con afecto después. Actúe yo siempre para conservar las mejores tradiciones de mi profesión, y ojalá pueda experimentar la dicha de curar a aquellos que busquen mi ayuda.

Louis Lasagna

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