Disparen al pianista: El cerebro de Shostakovich | Naukas

El sobre seguía sellado. Había tardado menos de 24 horas en volver a sus manos, un récord, desde luego. Algún día dejaría de desconfiar del servicio postal de Moscú, pero ese día no sería hoy. Sus arrugados dedos rozaron la tinta seca y sus ojos descansaron un segundo sobre la resentida caligrafía: Dmitri Dmitriyevich Shostakovich. Cualquiera que no le conociera pensaría que estaba loco por enviarse cartas a sí mismo, pero por suerte eran pocas las personas que no le conocían. Shostakovich era uno de los compositores más influyentes del siglo XX. Sus melodías se escuchaban a uno y otro lado del Pacífico y no dejaron de sonar por mucho que la situación política se enfriara.

Dimitri levantó la vista cruzando con su mirada las calles nevadas. La agresiva belleza de aquel invierno le traía recuerdos de tiempos peores en los que sus melodías todavía eran suyas y aún no había metal en su cerebro. Era hora de volver a su despacho, inclinar la cabeza y dejar que aquel trozo de metralla volviera a componer para él.

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