Cuando América se hizo una: El gran intercambio americano

Algo había cambiado, lo notaba. Aquella ya no era la tierra donde había nacido. Cada vez había más de esos extraños seres, cazando, arrebatándole la carroña. ¿De dónde habían venido? ¿Qué eran? Se parecían a él, pero eran más grandes, fuertes y rápidos. No tenía ninguna oportunidad contra ellos y lo había aprendido por las malas. Tuvo suerte de escapar de aquel primer encontronazo, de hecho, desde entonces les evitaba. Las presas escaseaban y por eso trataba de aprovechar cada trozo de carne que caía en sus fauces. Y eso estaba haciendo cuando lo sintió. El viento había cambiado y traía el olor de aquellos animales. Todavía estaba hambriento, pero no había tiempo, tenía que escapar antes de que fuera tarde. La noche sería larga, al menos si conseguía sobrevivir a ella.

Tres millones de años después, nuestra especie ha puesto nombre a estos personajes: Thylacosmilus y Smilodon respectivamente. Su Sudamérica natal ha cambiado mucho, convirtiendo sus enormes praderas en selvas tropicales, pero sigue contando la misma historia: la historia de dos continentes que chocaron. Un cuento sobre cómo los animales de ambos trozos de tierra empezaron a competir por la supervivencia. Muchas especies fueron expulsadas de su territorio, desapareciendo para siempre. Hablamos del gran intercambio americano, uno de los eventos más espectaculares de nuestra historia.

Thylacosmilus y smilodon a escala
Thylacosmilus y Smilodon a escala

El sueño de Trump

América del Norte y América del Sur no siempre han estado unidas. Hubo un tiempo en que eran dos continentes separados, moviéndose lentamente uno al encuentro del otro. La mayoría de los estudios apuntan a que la colisión entre las placas continentales ocurrió hace 3,5 millones de años, en el Plioceno superior, el Piacenizense. Ese es el dónde y el cuándo; en cuanto al cómo, la respuesta es algo más compleja.

Fotografía de Alfred Wegener
Alfred Wegener posando con mirada soñadora

Normalmente, cuando pensamos en la historia de la geología hay un descubrimiento que destaca: la deriva continental. El climatólogo Alfred Wegener tuvo problemas consiguiendo que la comunidad científica aceptara sus ideas sobre el movimiento de los continentes, lo cual no quiere decir que nadie lo hubiera sospechado antes. La teoría de la deriva continental surgió de una serie de pruebas aparentemente inconexas. Normalmente se cita que las costas de los continentes parecen encajar como un rompecabezas, o que a lados contrarios de un océano podemos encontrarnos animales similares pero de especies distintas, como jaguares y leopardos. Estas son pruebas de que dos trozos de tierra pudieron haber estado unidos en el pasado.

Osborn el olvidado

Sin embargo, una de las principales pistas que pusieron a Wegener en sintonía vino de un contemporáneo suyo, Henry Fairfield Osborn. Osborn estudió con detalle el registro fósil de América del Norte y el de América del Sur hasta descubrir algo. Al llegar a cierta profundidad, algunas especies desaparecían de golpe del registro de Norteamérica. Y no era algo aislado, pasaba lo mismo con Sudamérica, pero con las especies contrarias. Era como si una gran cantidad de ellas hubieran llegado de golpe al otro continente, mezclándose.

Ante las pruebas, Osborn dio un paso de gigante y propuso que el istmo de Panamá, la parte más estrecha de Centroamérica, había surgido del mar hacía unos 3 millones de años, uniendo el norte con el sur mediante un puente continental. Este puente habría servido de comunicación entre ambos continentes, favoreciendo el gran intercambio americano de flora y fauna. Estamos hablando del 1910, dos años antes de que Wegener presentara oficialmente su teoría. Por supuesto, Osborn trabajaba a su vez sobre las sospechas de otros grandes científicos como Alfred Russel Wallace.

Henry Fairfield Osborn posa en el centro de la imagen junto con sus colegas paleontólogos Walter Granger (derecha) y Albert Thomson (izquierda)

Un Fortnite prehistórico

Con el tiempo, los datos iban acumulándose y haciéndose más transparentes. Los paleontólogos pudieron empezar a interpretarlos y todo apuntaba a que esa colisión entre continentes había estimulado las migraciones del gran intercambio americano. Primero con pequeños mamíferos a través de los collares de islas emergidos del mar y más adelante con la megafauna cruzando cómodamente un estrecho cordón de tierra. Esta confluencia de especies puede sonar idílica, pero la naturaleza es sensible a los cambios, trata de adaptarse y encontrar nuevos equilibrios.

En este caso la situación era complicada. Las especies de cada continente habían evolucionado de forma independiente, ocupando nichos similares en sus respectivos ambientes. Cuando los continentes se juntaron la competición entre ellas estaba servida y fomentó una extinción en masa tanto en el norte como en el sur.

Sabemos que animales como los caimanes, zarigüeyas y armadillos llegaron a Norteamérica a través del istmo y que félidos, tapires, camélidos y tantos otros animales norteños descendieron a Sudamérica por aquel entonces. No obstante, hubo muchas otras especies que no corrieron esa suerte. Animales cuyos fósiles podemos encontrar en yacimientos sudamericanos, pero solo en estratos previos a la aparición del istmo de Panamá.

Nacimiento del istmo de Panamá (por Martín Felipe Chávez Hoffmeister)
Nacimiento del istmo de Panamá (por Martín Felipe Chávez Hoffmeister)

Al principio del artículo hablábamos de un Thylacosmilus, confuso ante los nuevos moradores de su tierra, los Smilodones o tigres dientes de sable. El Thylacosmilus era un marsupial de enormes colmillos, muy parecido al Smilodon. Sin embargo, Smilodon era más grande y poderoso, trabajaba en manadas y supuso una competencia feroz para nuestro protagonista. No es descabellado pensar que esta lucha por un nicho común fuera uno de los factores que llevó a tantas especies a la extinción.

La gran mentira americana

Hasta este punto todo parece más o menos claro, es aquí cuando la cosa se complica. Es frecuente leer que la extinción tras el gran intercambio americano no fue igual para las especies norteñas que para las del sur. Aparentemente los animales de América del Norte triunfaron más que los del sur, que perecieron ante la clara superioridad de sus competidores. Unos datos que se vinieron teñidos por la ponzoña política, ya que para algunos parecía evidente que las especies del sur eran, por lo general, inferiores.

Deja que me explique

Hay numerosas explicaciones para este fenómeno. Una de ellas plantea que las especies de Norteamérica estaban más acostumbradas a ese tipo de presión selectiva. El puente de Beringia unía durante los inviernos a América del Norte con el continente Eurasiático, y a través de él habían llegado desde elefantes hasta grandes felinos. De hecho, animales como los camellos y los caballos, tan típicos de Eurasia, surgieron en América del Norte. Supuestamente, este intercambio de fauna a cuentagotas habría funcionado como una vacuna, seleccionando a fauna más adaptable a cambios en sus ecosistemas. Algo muy útil para sobrevivir en un nuevo continente.

Estrecho de Bering (NASA)
Estrecho de Bering (NASA)

Otra hipótesis se centraba en el aislamiento evolutivo de Sudamérica. Ésta había permanecido virgen desde hacía más de 60 millones de años, a finales del cretácico. América del Sur era un santuario de especies endémicas, salvo por algunos roedores, tortugas y los monos platirrinos que habían conseguido cruzar el mar desde las costas africanas. En ella había surgido una serie de especies completamente únicas, mayoritariamente marsupiales, como si se tratara de una enorme Australia. Especies majestuosas como los perezosos gigantes, los gliptodontes o las aves del terror solo podían encontrarse en aquel lugar del mundo. Este aislamiento había contribuido a un equilibrio muy especial donde las especies se habían especializado tanto que un cambio en las condiciones de su hábitat las habría desequilibrado.

El girito de guion

Representación de un Phorusrhacos por el paleoartista Charles R Knight en 1901
Representación de un Phorusrhacos por el paleoartista Charles R Knight en 1901

Todo esto suena bastante razonable, ahora bien, solo tiene sentido pensar de este modo si realmente tuviéramos datos sobre un triunfo de los animales de América del Norte sobre los de Sudamérica. ¿Los tenemos? Pues resulta que no. De hecho, se calcula que en ambos continentes desapareció en torno a un 11 o 13% de sus géneros de mamíferos. Y no solo eso, si no que el número de familias que cruzaron el istmo y sobrevivieron también es bastante parecido en ambos sentidos.

¿De dónde viene entonces todo eso de la superioridad del norte? Pues la verdad es que no está del todo claro, pero sigue bastante presente en los libros de texto. Tal vez se deba a que sí hubo una característica en la que los habitantes del norte superaron a los del sur. Los primeros fueron capaces de ramificarse en multitud de nuevas especies, tal vez porque el clima de Sudamérica comenzó a cambiar a su favor. Mientras tanto, los sureños sobrevivieron, pero de un modo más modesto, sin llamar demasiado la atención.

El otro girito de guion

Bueno, al menos las cosas han quedado claras. La extinción fue equilibrada, aunque el éxito en la especiación de unos y de otros pudo tener que ver con las explicaciones sobre su aislamiento. Todo parece más o menos controlado, lo cual quiere decir que va a haber un “pero”. Aquí viene: Tampoco estamos tan seguros de la fecha.

La tendencia de los estudios parece ser fechar el gran intercambio americano cada vez antes, o al menos adelantar el choque entre los continentes. Se cree que el cierre del mar que separaba las dos américas supuso un cambio en las corrientes marinas, propiciando un periodo glacial que enfrió el clima y contribuyó a la extinción masiva de la que llevamos hablando todo el artículo.

La clave está en que los indicios de este cambio climático parecen ser previos a lo que se esperaba, motivo por el que algunos artículos han adelantado el evento unos cuantos millones de años. Las estimaciones más radicales hablan de hace 10 millones de años, pero por lo general suelen situarse entre los 4 y los 6 millones.

Representación de las corrientes marinas antes del istmo de Panamá (HipanTV)
Representación de las corrientes marinas antes del istmo de Panamá (HipanTV)

No somos nada

Hay que reconocer que la historia del gran intercambio americano es perfecta. Un choque entre dos continentes, hordas de animales avanzando por tierras incógnitas y disputando el territorio a sus pobladores originales. Desde luego, es uno de mis episodios favoritos de la vida en la Tierra por una sencilla razón: nos habla de lo caprichosos e inestables que son los ecosistemas.

Esta historia es casi una fábula sobre el delicado equilibrio en el que vivimos y parece que se nos da muy bien ponerlo a prueba. La contaminación, el calentamiento global, la caza furtiva, la acidificación de los océanos, la introducción de especies invasoras, la tala masiva… Cuando esas catástrofes ocurren de forma natural las consecuencias suelen ser dramáticas. La extinción tras el gran intercambio americano fue el mayor desastre para la biodiversidad de los últimos 5 millones de años, pero si nos seguimos esforzando por simularlo, pronto tendrá que abandonar el podio.

Fotografía aérea del Istmo de Panamá (NASA)
Fotografía del Istmo de Panamá (NASA)

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